806 56 66 86 / 93 833 90 28 (VISA)CONSULTA TELEFONICA

Entradas del Blog

Alce Negro habla

Posted in: Reseñas
Alce Negro habla

Alce Negro y los restantes estábamos sentados en el borde septentrional de Cuny Table, oteando las Badlands («la belleza y lo extraño de la tierra», describió el anciano). Alce Negro señaló el Harney Pesk, que se destacaba sombríamente en la lejana línea del firmamento.

—Allá, siendo joven, los espíritus me llevaron en mi visión al cent ro de la tierra y me mostraron todas las cosas buenas en el sagrado aroma del mundo —dijo—. ¡Ojalá pudiera erguirme allí en carne viva untes de fallecer, pues deseo decir algo a los Seis Antepasados!

Por consiguiente, determinamos ir al Harney Peak. Días más tarde nos encontrábamos en él. Camino de la cumbre, Alce Negro comentó a Ben, su hijo:

—Algo sucederá hoy. Si me queda algún poder, los seres del trueno del oeste me oirán cuando yo lance una voz, y habrá por lo menos un trueno insignificante y un poco de lluvia.

Lo que aconteció, narrado a los lectores wasichus, parecerá una coincidencia más o menos notable. Era un día luminoso y despejado. El firmamento, llegados ya a la cima, estaba raso. Se sufría una de las peores sequías que recordaban los hombres más ancianos. El cielo siguió claro hasta el término de la ceremonia.

—En aquel sitio exacto —explicó Alce Negro, y señaló una punta rocosa— estuve durante mi visión, pero el aro del mundo que me rodeaba era distinto, porque lo contemplé de modo espiritual.

Después de arreglarse y pintarse como en su gran visión, se encaró con el oeste, manteniendo la pipa sagrada delante de él con la mano derecha. Alzó luego la voz, una voz débil, patética, perdida en el vasto espacio que nos circundaba.

—¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! Antepasado, Gran Espíritu, contémplame una vez más en la tierra e inclínate para oír mi tenue voz. Tú exististe antes que nadie y eres más viejo que toda necesidad, más antiguo que toda oración. Las cosas sin excepción te pertenecen: los bípedos, los cuadrúpedos, las alas del aire y lo verde que vive. Tú estableciste los poderes de las cuatro regiones a fin de que se entrecruzaran. El camino bueno y el camino de las dificultades dispusiste de manera que se atravesasen; y es santo el lugar en que se cruzan. Día tras día, para siempre, eres la vida de las cosas.

»Así, pues, lanzo una voz, Gran Espíritu, Antepasado mío, sin olvidar nada de lo que hiciste, las estrellas del universo y las hierbas de la tierra.

»Me dijiste, cuando era joven y podía alimentar esperanza, que en las pruebas te enviase una voz cuatro veces, una por cada una de las regiones de la tierra, porque me escucharías.

»Hoy lanzo una voz por un pueblo desesperado.

»Me diste una pipa sagrada y hago mi ofrenda con ella. Hela aquí.

»Me concediste del oeste la copa de agua viviente y el arco sacro, el poder de dar vida y el de destruir. Me concediste un viento sagrado y la hierba del sitio en que mora el Gigante Blanco, la facultad de purificar y curar. El lucero del alba y la pipa del este me concediste; y del sur, el santo aro de la nación y el árbol que florecería. Me llevaste al centro del mundo y me enseñaste la bondad y la belleza y lo extraño de la tierra que reverdece, madre única; y allí me mostraste y vi las formas espirituales de las cosas, tal como deben ser. En el centro de este aro sacrosanto aseveraste que yo haría florecer el árbol.

»Con lágrimas en los ojos, oh Gran Espíritu, Gran Espíritu, Antepasado mío, con lágrimas en los ojos he de decir ahora que el árbol jamás floreció. Heme aquí, siendo un viejo despreciable: he fracasado, nada conseguí. Aquí, en el centro del mundo, al que me guiaste en mi juventud y me adoctrinaste; aquí me tienes, en la ancianidad, ¡y el árbol se ha secado, Antepasado, Antepasado mío!

»Una vez más, acaso la última en esta tierra, rememoro la gran visión que me enviaste. Tal vez viva aún una raicilla del árbol sagrado. Nútrela si así fuere, para que se cubra de hojas y de flores y de pájaros canoros. Atiéndeme, no por mí, sino por mi pueblo; soy viejo. ¡Atiéndeme a fin de que mi gente logre entrar de nuevo en el aro sacro y halle el buen camino rojo, el árbol amparador!

Quienes escuchábamos advertimos que finas nubes se habían acumulado sobre nosotros. Empezó a caer lluvia, menuda y fría, y resonó sordo, murmurante, un trueno sin relámpagos. Con el rostro arrasado de lágrimas, el anciano esforzó su voz hasta transformarla en una quejumbre a la vez aguda y quebradiza, y cantó:

—En la angustia alzo mi débil voz, ¡oh Seis Poderes del Mundo! Oídme en mi pena, porque quizá no vuelva a llamaros. ¡Haced qur mi pueblo viva!

El anciano estuvo callado durante varios minutos, con la faz alzada, llorando bajo la llovizna.

Y poco después el firmamento se aclaró.

Del libro “Alce Negro Habla”