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Alce Negro habla

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Alce Negro habla

Alce Negro y los restantes estábamos sentados en el borde septentrional de Cuny Table, oteando las Badlands («la belleza y lo extraño de la tierra», describió el anciano). Alce Negro señaló el Harney Pesk, que se destacaba sombríamente en la lejana línea del firmamento.

—Allá, siendo joven, los espíritus me llevaron en mi visión al cent ro de la tierra y me mostraron todas las cosas buenas en el sagrado aroma del mundo —dijo—. ¡Ojalá pudiera erguirme allí en carne viva untes de fallecer, pues deseo decir algo a los Seis Antepasados!

Por consiguiente, determinamos ir al Harney Peak. Días más tarde nos encontrábamos en él. Camino de la cumbre, Alce Negro comentó a Ben, su hijo:

—Algo sucederá hoy. Si me queda algún poder, los seres del trueno del oeste me oirán cuando yo lance una voz, y habrá por lo menos un trueno insignificante y un poco de lluvia.

Lo que aconteció, narrado a los lectores wasichus, parecerá una coincidencia más o menos notable. Era un día luminoso y despejado. El firmamento, llegados ya a la cima, estaba raso. Se sufría una de las peores sequías que recordaban los hombres más ancianos. El cielo siguió claro hasta el término de la ceremonia.

—En aquel sitio exacto —explicó Alce Negro, y señaló una punta rocosa— estuve durante mi visión, pero el aro del mundo que me rodeaba era distinto, porque lo contemplé de modo espiritual.

Después de arreglarse y pintarse como en su gran visión, se encaró con el oeste, manteniendo la pipa sagrada delante de él con la mano derecha. Alzó luego la voz, una voz débil, patética, perdida en el vasto espacio que nos circundaba.

—¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! Antepasado, Gran Espíritu, contémplame una vez más en la tierra e inclínate para oír mi tenue voz. Tú exististe antes que nadie y eres más viejo que toda necesidad, más antiguo que toda oración. Las cosas sin excepción te pertenecen: los bípedos, los cuadrúpedos, las alas del aire y lo verde que vive. Tú estableciste los poderes de las cuatro regiones a fin de que se entrecruzaran. El camino bueno y el camino de las dificultades dispusiste de manera que se atravesasen; y es santo el lugar en que se cruzan. Día tras día, para siempre, eres la vida de las cosas.

»Así, pues, lanzo una voz, Gran Espíritu, Antepasado mío, sin olvidar nada de lo que hiciste, las estrellas del universo y las hierbas de la tierra.

»Me dijiste, cuando era joven y podía alimentar esperanza, que en las pruebas te enviase una voz cuatro veces, una por cada una de las regiones de la tierra, porque me escucharías.

»Hoy lanzo una voz por un pueblo desesperado.

»Me diste una pipa sagrada y hago mi ofrenda con ella. Hela aquí.

»Me concediste del oeste la copa de agua viviente y el arco sacro, el poder de dar vida y el de destruir. Me concediste un viento sagrado y la hierba del sitio en que mora el Gigante Blanco, la facultad de purificar y curar. El lucero del alba y la pipa del este me concediste; y del sur, el santo aro de la nación y el árbol que florecería. Me llevaste al centro del mundo y me enseñaste la bondad y la belleza y lo extraño de la tierra que reverdece, madre única; y allí me mostraste y vi las formas espirituales de las cosas, tal como deben ser. En el centro de este aro sacrosanto aseveraste que yo haría florecer el árbol.

»Con lágrimas en los ojos, oh Gran Espíritu, Gran Espíritu, Antepasado mío, con lágrimas en los ojos he de decir ahora que el árbol jamás floreció. Heme aquí, siendo un viejo despreciable: he fracasado, nada conseguí. Aquí, en el centro del mundo, al que me guiaste en mi juventud y me adoctrinaste; aquí me tienes, en la ancianidad, ¡y el árbol se ha secado, Antepasado, Antepasado mío!

»Una vez más, acaso la última en esta tierra, rememoro la gran visión que me enviaste. Tal vez viva aún una raicilla del árbol sagrado. Nútrela si así fuere, para que se cubra de hojas y de flores y de pájaros canoros. Atiéndeme, no por mí, sino por mi pueblo; soy viejo. ¡Atiéndeme a fin de que mi gente logre entrar de nuevo en el aro sacro y halle el buen camino rojo, el árbol amparador!

Quienes escuchábamos advertimos que finas nubes se habían acumulado sobre nosotros. Empezó a caer lluvia, menuda y fría, y resonó sordo, murmurante, un trueno sin relámpagos. Con el rostro arrasado de lágrimas, el anciano esforzó su voz hasta transformarla en una quejumbre a la vez aguda y quebradiza, y cantó:

—En la angustia alzo mi débil voz, ¡oh Seis Poderes del Mundo! Oídme en mi pena, porque quizá no vuelva a llamaros. ¡Haced qur mi pueblo viva!

El anciano estuvo callado durante varios minutos, con la faz alzada, llorando bajo la llovizna.

Y poco después el firmamento se aclaró.

Del libro “Alce Negro Habla”

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Don José Matsuwa y la ceremonia de la lluvia de los huicholes

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Don José Matsuwa y la ceremonia de la lluvia de los huicholes

Don José tenía más de cien años y un solo brazo: el otro lo había perdido de joven en un accidente de pesca. Una herida de machete le había costado, además, la pérdida de dos dedos de la mano que le quedaba. Sin embargo, cada año recolectaba personalmente cincuenta quintales de maíz, convencido de que la mejor garantía para una buena salud y para vivir muchos años era la de producir anualmente una suficiente cantidad de sudor. Su vitalidad era asombrosa: caminaba arriba y abajo por las montañas a una velocidad a la que Prem Das, joven y atlético que todavía no tenía 30 años, le costaba andar. A pesar de la edad, mostraba un vivo interés con respecto al sexo y más de una vez había hecho proposiciones galantes a las mujeres de nuestros grupos.

Sus ceremonias duraban toda la noche y eran realmente inolvidables. Don José participaba en ellas con un gran sombrero y el traje huichol, ambos bordados y decorados con intricados dibujos geométricos y los sagrados símbolos de su tribu: Kauyumari, el Espíritu de los Ciervos, el Abuelo Fuego Tatewari, el cactus del Peyote hikuri, el águila de doble cabeza, que representa al chamán capaz de mirar en todas las direcciones, y muchos otros. Antes de la ceremonia, Don José ingería un gran botón de Peyote, que lo ayudaba a trascender los límites de las sensaciones sensoriales ordinarias y de “ver con el ojo de la mente y con el corazón del Gran Espíritu los nexos entre todas las cosas, visibles e invisibles”.

A pesar de la cantidad impresionante de Peyote que ingería, Don José llevaba a cabo las actividades rituales y las intervenciones sanadoras con impecable precisión, sosteniendo la flecha de la oración y las plumas de pavo con sus tres dedos, y cantando durante horas. Prem Das acompañaba sus cantos dulces y obsesivos con el ritmo irresistible de los golpes del tambor, o tocando un instrumento de cuerdas hecho de madera trabajada a mano. El grupo participaba añadiendo los enérgicos sonidos de sonajeros elaborados con calabazas y judías secas. Don José tenía una capacidad inimitable para poner en equilibrio lo sagrado y lo profano. Cuando se oían los cantos y los tambores, permanecía muy serio y creaba en la habitación una atmósfera solemne y misteriosa, pero durante los intervalos su faceta vivaz y bribona tomaba la delantera. Se reía ruidosamente e intercambiaba con Prem Das chistes divertidos y a menudo deslenguados.

La ceremonia más extraordinaria con Don José tuvo lugar en Esalen a finales de los años setenta, durante una catastrófica sequía que duró varios años en California. Durante todo ese período la falta de agua fue dramática. La agricultura californiana estaba seriamente amenazada e incluso en las casas de lujo no se podía tirar de la cadena del cuarto de baño. Cuando la ceremonia estaba a punto de empezar, uno de los participantes propuso en broma: “Don José, hay una terrible sequía, tal vez podrías hacer la ceremonia de la lluvia”. Todo el mundo tomó la cosa a broma excepto Don José que, tras una breve pausa, aceptó.

Al no entender su canto en el idioma de los huicholes, la ceremonia nos pareció similar a otras que había realizado en el pasado. Tambores, cantos y música durante toda la noche, a excepción de algunas pausas. En el transcurso de la ceremonia, Prem Das guió al grupo en la danza huichol del ciervo, durante la cual había que moverse de forma “estilizada”, combinando pasos hacia delante con rotaciones del cuerpo. Al amanecer, Don José cogió de su bolsa de remedios una gruesa concha “oreja de mar” y una cola de conejo y nos invitó a ir con él al océano para recibir la limpieza, o purificación, y hacer ofrendas de agradecimiento al océano por la ceremonia.

Fuimos hacia las rocas cubiertas de cipreses de la estupenda costa de Big Sur, todavía bajo el “resplandor” de la ceremonia: la vista del océano Pacífico besado por la luz del alba cortaba la respiración. Mientras el grupo al completo permanecía inmóvil observando el magnífico panorama, alguien advirtió que había empezado a lloviznar. “Increíble… imposible… fantástico…” fueron los comentarios sobre lo que, en medio de una terrible sequía, parecía un milagro. Pero Don José permaneció tranquilo. “Es kipuri, la bendición de los dioses”, dijo. “Ocurre siempre, significa que hemos hecho una buena ceremonia”.

Mientras bajábamos por los escalones de piedra hasta el océano, la llovizna se transformó en chaparrón. Don José llegó a la orilla, se paró sobre una roca plana, cuatro metros sobre el nivel del mar, depositó la ofrenda y empezó a cantar. Ese día el océano estaba en calma, pero, tras algunos minutos de oración, bajo nuestra mirada incrédula, se formó en la superficie una ola gigantesca que se dirigía rápidamente hacia la roca de Don José. La masa de agua alcanzó la roca con una fuerza tremenda, pero en su extremidad formó una cresta en forma de espiral que se llevó delicadamente las ofrendas, sin ni siquiera rociar los pies de Don José. En la mente de todos nosotros no hubo ninguna duda de que el extraordinario mara’akame se había dirigido al océano como a un ser viviente y que éste le había respondido recibiendo sus ofrendas.

Don José llenó su “oreja de mar” con agua del océano y, tras haber mojado en ella la cola de conejo, nos bendijo y purificó a cada uno de nosotros, uno tras otro, mientras permanecíamos en fila. En ese momento estaba literalmente diluviando y todos nosotros, calados hasta los huesos, recibíamos una limpieza de otra clase. Cuando trepamos otra vez sobre la colina, bailamos bajo la lluvia sobre el prado alrededor de un hermoso árbol de eucalipto, y algunos se quitaron la ropa. Podrá parecer un comportamiento extraño para un americano medio, pero en Esalen, conocida por su culto al cuerpo y al baño integral, el hecho era absolutamente natural. Todos estábamos sorprendidos por lo que acabábamos de vivir: nuestro humor era extático.

Cuando más tarde explicamos nuestra experiencia a Joseph Campbell, él nos relató una historia parecida ocurrida en su vida. Muchos años antes había sido invitado a una ceremonia de la lluvia en la reserva navajo de Nuevo México, que tuvo lugar, como la nuestra, durante una gran sequía. Llegaron al lugar del ritual y dio comienzo la ceremonia: el cielo era azul y no había ninguna nube a la vista. Joseph confesó haberse divertido mucho contemplando los vanos esfuerzos del chamán navajo que llevaba adelante con determinación la que parecía ser una actividad necia y loca. Ignorando, aparentemente, todas las circunstancias adversas y bajo la mirada de todos los presentes, el chamán siguió cantando y golpeando su tambor. De repente, nubes oscuras empezaron a concentrarse en el horizonte moviéndose rápidamente en su dirección. Antes de que la ceremonia terminara, todo el mundo estaba calado hasta los huesos.

Extraído del libro de Grof “Cuando ocurre lo imposible”.

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